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miércoles, 28 de octubre de 2015

DIFERENTES PERSPECTIVAS

Estos últimos años y especialmente estos últimos días de enfrentamientos políticos, han sido de gran aprendizaje. Las redes sociales han puesto en evidencia el comportamiento humano de quien piensa diferente.


Desde que asumí una postura frente a distintas cuestiones, he experimentado situaciones inusitadas: por un lado aparecieron un gran número de "amigos de mis ideas"; por el otro, muchos que antes admiraban mi imparcialidad, se decepcionaron e incluso se disgustaron al descubrir que tengo una visión del mundo diferente a la de ellos.

El comentario que hoy dejó un "amigo virtual" en mi perfil es muy ilustrativo de esta realidad: "¿Cómo es posible que una persona sensible y aparentemente inteligente como vos piense así?" 

Se torna difícil convivir con estas situaciones, especialmente si apreciamos realmente a las personas. Me pregunto entonces: ¿Seré yo el que está equivocado?

Creo que lo que nos provoca angustia es la posibilidad de estar en el error. Generalmente, ante este tipo de situaciones me quedo pensando y cuestionándome profundamente. ¿Será que cuanto más estudia el ser humano se vuelve más imbécil o el imbécil soy yo?

El hecho de que una persona sea inteligente, talentosa, innovadora no quiere decir que comparta los mismos valores que yo. Es posible y probable que el otro tenga valores morales diferentes. Ambos coincidimos seguramente en querer un mundo mejor, más justo, más respetuoso, más equitativo, con posibilidades para todos; pero no compartimos los medios para lograrlo.

Para mi "lograrlo" significa respetar la ley, la autoridad y la libertad individual. Reconocer que no lo se todo, que el mundo y el hombre son imperfectos y que es imposible resolver las cosa a través de una revolución. Lograrlo es consensuar para transformar lo que está errado y tener la grandeza para reconocer y conservar lo que está bien. Significa tener valores basados en el respeto y ser lo suficientemente honestos para aceptar que cuando nos equivocamos, la culpa es únicamente nuestra y por eso, debemos hacernos cargo de las consecuencias de nuestras decisiones.

Por el contrario, no son pocos los que piensan que la ley puede ser eludida por causa de un bien mayor, que la autoridad puede y debe ser cuestionada, que aquello que no perjudica no debe ser prohibido, que todos tenemos derecho a expresarnos como queremos. Son aquellos que, cuando se equivocan, culpan a factores externos no asumiendo nunca su responsabilidad.

Tanto ellos como yo somos igualmente inteligentes. Sin embargo arribamos a distintas conclusiones porque partimos de valores morales diferentes. Nuestras disputas no son producto de la ignorancia o de la maldad. Está claro que existen los contumaces pero no es a ellos a los que me refiero aquí, sino a aquellos con quienes hablo y comparto cotidianamente la vida real y virtual.

Podemos estar de acuerdo en algunas cosas y tolerarnos, siempre y cuando la tolerancia no implique hacer concesiones tan grandes que perviertan nuestros valores; porque se que difícilmente conseguiré convencerlos para que compartan mi visión del mundo, como tampoco ellos lo harán conmigo.

Los valores morales no dependen de las circunstancias y una vez adquiridos, no se dejan de lado ni se negocian. Algunos tienen raíces biológicas; otros son el resultado de las presiones sociales, de las costumbres, de condicionamientos emocionales, imitación o influencia de nuestros entornos. Algunos tienen que ver con la racionalidad, con la fe; otros con la naturaleza humana.

¿Existen entonces múltiples moralidades?

Prefiero hablar de dimensiones paralelas, de mundos morales distintos o de diferentes perspectivas. Por lo tanto, ningún discurso político nos llevará al consenso.

Quien no entiende esto, continuará confrontando.

sábado, 28 de septiembre de 2013

RESURREXIT


Recorrer los caminos y detenerse cuando el corazón palpita es una forma maravillosa de encontrar tesoros escondidos. En mi último viaje a San Luis, transitando por la ruta 188, me tomé unos instantes para entrar a la localidad de Quetrequén, un pequeño poblado del norte pampeano donde el silencio invita a la reflexión. 
En esa siesta típica de los norteños, tan alejados de los grandes centros urbanos, donde aún puede disfrutarse del canto de los pájaros y del inigualable sol del otoño y del saludo amable de algún habitante del lugar, divisé la imponente torre de la Capilla.
Allí estaba, frente a la plaza, inmutable y mayestática, como hace 103 años, cuando abrió sus puertas por primera vez. Erguida y estoica, habiendo sobrevivido dos incendios, con sus delicadas y maravillosas líneas arquitectónicas. Su atrio, amplio y generoso, enmarcado por una especie de arco enrejado, casi simulando dos brazos que se abren para recibir al fiel que cada día acude a ella o al visitante ocasional, como yo, que se llega por primera vez a admirarla, casi con una mezcla de emoción e incredulidad.
Una gran obra, en un pequeño pueblo de apenas 300 habitantes que se han puesto bajo el cuidado y la protección de Santa Teresa de Ávila. Me acerco a la puerta de ingreso y compruebo con pesar que el templo está cerrado y sus puertas atadas con una gruesa cuerda que, permite entreabrirlas y observar el lamentable estado de deterioro en el que se encuentra. Son los momentos donde la emoción y la sorpresa se trocan en indignación y dolor. Sin embargo, siempre guardo la esperanza, en un rincón del corazón, que algún día, aprendamos a valorar, cuidar y recuperar este legado que nos han dejado nuestros antepasados, que con un enorme esfuerzo, grandes sacrificios e innumerables renuncias, levantaron estos monumentos que trascienden la fe religiosa y la confesión de un credo y que son parte de nuestra historia, de nuestro acervo cultural y de nuestro patrimonio arquitectónico.
La Iglesia de Quetrequén nos pertenece. Su simulado reloj en lo alto de la torre intenta detener el tiempo, que es tirano y cruel. Sus vitrales, su retablo y sus imágenes, mudos testigos de las alegrías, dolores, triunfos y derrotas de un pueblo que forjó con trabajo una provincia pujante, nos interpelan. Mi más profundo deseo que que este antiguo templo inaugurado en 1910, que no pudo ser destruido por el tiempo ni por las voraces llamas del fuego, no sea destruido por nuestra indiferencia y nuestra decidia, sino que pueda volver a lucir su antiguo esplendor.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Día de la Primavera

Cuenta la leyenda que Démeter, la diosa griega de la naturaleza se desposó con Zeus. De esa unión nació Perséfone. Era tan bella que Hades, el dios de las tinieblas sucumbió a sus encantos. Fue así que decidió raptarla y llevarla con él a su mundo subterráneo.
Démeter, entonces decidió abandonar el monte Olimpo y sus obligaciones para buscar a su hija. Al ser ella quien se ocupaba de la naturaleza, las consecuencias de esta decisión fueron terribles para la tierra que se vio fría y desolada.
Zeus, viendo el profundo dolor de su esposa y la devastación que se cernía sobre la naturaleza decidió hacer un pacto con Hades. El mismo decía que Perséfone pasaría la mitad del año con su esposo y la otra mitad con su madre.
De acuerdo con esto, Perséfone retornó a la superficie. La alegría de Démeter se vio reflejada en el resurgir de toda la naturaleza. Desde entonces, los griegos celebraban este retorno al comienzo de la Primavera.
Un fenómeno climático, como es el cambio de una estación a otra, puede ser simplemente eso. Sin embargo, a través de la historia, los hombres han rodeado estos fenómenos de un misticismo especial, casi religioso. Muchos los han convertido en verdaderas obras de arte. Músicos, pintores, escultores y escritores han hecho de la primavera un tema de inspiración.

Más allá de todas las razones que puedan darse, la llegada de la Primavera nos hace ver la vida desde una perspectiva diferente, casi despreocupada; nuestros sentimientos parecen aflorar de una manera inusual y una renovada fuerza interior nos impulsa a celebrar.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El Cavaille-Coll de Fortín Mercedes

Cada lugar, por simple que parezca, suele esconder tesoros que nos sorprenden. Hace un tiempo, tuve la oportunidad de visitar un pequeño paraje, ubicado sobre la la Ruta Nacional Nº 3, a unos 120 kilómetros de la ciudad de Bahía Blanca, llamado Fortín Mercedes. El lugar, cuyos orígenes se remontan a la primera expedición al Desierto, cuenta con un valor histórico y cultural aún no comprendido en su verdadera dimensión. Pero no es precisamente a su acervo histórico a lo que quiero hacer referencia.
El centro de este complejo construido por los Sacerdotes Salesianos está ocupado por un templo de notables lineas arquitectónicas. Su altar mayor, de puro estilo romano, descansa sobre un hermoso capitel sostenido por dos columnas; el centro, entre mármoles rojos, está ocupado por un imponente cuadro de la virgen, bajo la advocación de María Auxiliadora. La pintura, obra del ex-alumno del Oratorio de Turín, José Rollini, fue obsequiada por Don Bosco, fundador de la Congregación Salesiana y traída en 1885 a la Argentina por el cardenal Cagliero, para presidir las Misiones Salesianas en la patagonia.
A la derecha e izquierda del presbiterio otros dos grandes cuadros en tela, realizados por el pintor italiano Carlos Thermignon cubren, por sus dimensiones, la mitad de los muros hasta el comienzo de la bóveda, que completa artísticamente la austera y hermosa decoración.
Pero sin dudas, una de las joyas más preciadas de este templo es el órgano de tubos: un Cavaillé-Coll.
Cerca de 20 órganos Cavaillé-Coll fueron traidos a la Argentina, especialmente a Buenos Aires. Solamente uno de ellos es considerado un auténtico Aristide Cavaillé-Coll, ya que los demás llegaron en el período en que Charles Mutin dirigía la empresa de construcción de órganos en Francia.
Éste continuó usando la placa con la leyenda "A. Cavaillé-Coll" en varios instrumentos hasta el año 1910. A partir de ese momento las consolas se comenzaron a identificar con la placa "Mutin Cavaillé-Coll".
Lamentablemente solo algunos de ellos continúa funcionando correctamente en nuestros días. El más importante de ellos, fue destruído por el fuego durante los disturbios que ocurrieron en la revolución del año 1955.
Varios fueron desmontados y vendidos a compradores privados, en su gran mayoría extranjeros. Otros, como el de Fortín Mercedes, siguen en sus lugares originales pero necesitan ser restaurados en forma urgente. Solamente algunos de ellos continúan funcionando bien y permiten apreciar sus hermosos sonidos tal como fueron diseñados originalmente.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Las leyendas de Bécquer

He comprobado más de una vez, que no existen las casualidades. La vida está llena de esos momentos que llamamos especiales. Sin embargo, los contextos, hacen que muchas veces, ni siquiera los veamos. Pero existe una segunda vuelta para todo: esto es algo de lo que estoy convencido.

Recorría una de las librerías mas importantes de la ciudad de Bahía Blanca buscando algún libro interesante para comprar, cuando me encontré con un ejemplar de "Las leyendas de Bécquer". Si bien el volumen formaba parte de una colección que recopilaba las obras mas importantes de los grandes escritores de la humanidad, contenía para mi la selección más perfecta que puede hacerse de este autor: "Las rimas", "Ocho leyendas" y las llamadas "Cartas desde mi celda".

No soy un erudito en la materia y mi juicio acerca de la selección no se fundamenta en el conocimiento del autor. Es más, cualquiera podría saber más que yo sobre Becquér. Debo confesar que cuando me decidí a escribir esta nota, ni siquiera sabía como empezarla. Es que no se quién es Becquer. No se donde nació ni dónde murió. No conozco nada de su vida y ni siquiera se si escribió algo más que esto que mencioné.

Sólo sabía que era español y que perteneció al romanticismo. Sin embargo, su nombre trajo a mi mente innumerables recuerdos e imágenes, todos ellos ligados a un momento preciso de mi vida.

Reencontrarme con Bécquer después de muchos años significó reencontrarme con mi propia historia. Valorar una etapa. Tomar la decisión de comprar y leer lo que en otro momento significó una obligación. Bécquer me remonta inevitablemente a mi adolescencia, a ese contexto único e irrepetible que fueron las horas de Literatura en el Colegio Secundario. Me deslumbraron sus magníficas descripciones; sus imágenes quedaron grabadas en mi memoria; me emocionaron sus historias; en más de una ocasión, me sorprendieron sus desenlaces; me perturbó la crudeza de sus relatos. Su obra me produjo una profunda emoción.

Pero el mérito de haber quedado grabado profundamente en mi memoria no se debe únicamente a la genialidad de su obra, a su lenguaje práctico y comprensible sino a la pasión y la capacidad de Hemilse Collante, aquella profesora de literatura que supo conectar a un escritor de la talla de Gustavo Adolfo Bécquer con un adolescente de un pequeño pueblo de la llanura pampeana.